Eléctrico, crudo, directo, físico o tribal son algunos de los adjetivos que vienen a la mente al escuchar el nuevo disco de Manta Ray, “Torres de electricidad”. Continuación natural de su anterior álbum, “Estratexa”, y desde luego menos conceptual, el cuarteto de Xixón nos presenta una versión evolucionada de sus coordenadas musicales. Después de varios años de carrera un grupo ya puede vanagloriarse de sentir como única influencia sus propias canciones, su propia historia despejada gracias a sus experiencias personales y estilísticas.
Podemos hablar de los Stooges o de Fugazi, de Joy Division o Trans Am, de la escuela alemana o la de Washington, de post-rock o post-punk, pero hace ya tiempo que Manta Ray solo suenan a ellos mismos, o mejor dicho, a la versión de sí mismos que nos quieren presentar cada vez que esfuerzo y dedicación confluyen en un nuevo álbum. “Torres de electricidad” es sólido, metálico, electrizante. Quizás hay más corazón que cabeza y eso es lo que confiere a la mayoría de las canciones un aire tan urgente y agónico. En muchos sentidos suena al primer disco de un grupo que sabe lo que quiere desde el primer minuto de su existencia. Persiguiendo que sus grabaciones se parezcan a lo que hacen en directo, vuelven a sacarle mayor partido a las guitarras, el bajo, la batería, con menor uso del sampler y los instrumentos electrónicos y el detalle de incluir secciones de viento y cuerdas en varias de las composiciones del disco.
“No tropieces” o “Mi Dios mentira” representan el lado más áspero, rocoso e intenso de este nuevo trabajo, mientras que temas como “Añada para Celia” toman una senda más atmosférica e introspectiva. Son ejemplos de las dos caras de los más de 42 minutos de exploración interior y exterior por parte de un grupo que suma y sigue: tanteando su propio pulso, exigiéndose al máximo otra vez, Manta Ray encuentran un camino pleno de hallazgos con el que construir el futuro sin destruir el pasado.